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Los senderistas almagreños se internan en el Infierno

  • Publicado el Jueves, 25 Marzo 2010 00:30

 

altJosé Vicente Gómez, coordinador de estas rutas, realiza un análisis pormenorizado de esta escapada a tierras cacereñas

El pasado puente de San José cincuenta y seis senderistas almagreños se adentraron a conocer de primera mano la provincia de Cáceres y los senderos más exultantes y evocadores del Valle del Jerte. Continuando con la sana propuesta de la Concejalía de Deportes de ofrecer a sus vecinos la posibilidad de recorrer y visitar los rincones más bellos y sobresalientes de nuestra península y añadiendo a esta aventura la experiencia vivida en otros años en los que se descubrieron parajes como Sierra Nevada, Las Alpujarras, Cazorla, Grazalema, el Alto Tajo, el Hayedo de Tejera Negra, el Barranco de Río Dulce y la Serranía de Cuenca.

 

Con un programa muy apretado donde el primer día se dedicó a visitar las ciudades monumentales de Guadalupe, Trujillo y Cáceres capital, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad, dándonos una idea de los inmensos tesoros que esconde la Alta Extremadura.

Al día siguiente y tras instalarnos en la pequeña localidad de Jerte los senderistas pudieron comprobar de primera mano la belleza y majestuosidad de este Valle situado en las estribaciones de la Sierra de Gredos, entre la Sierra de la Tras Sierra y la Sierra de Tormantos, donde el río Jerte se abre paso a gran velocidad en sus 50 kilómetros hasta su arrendamiento al río Alagón, que a su vez tributa sus aguas al Tajo. Unas sierras impresionantes que alojan el pico más alto de Extremadura: el Calvitero con sus 2401 metros de altitud.

La mañana del sábado se presentaba lluviosa y nada más levantar las persianas de las habitaciones del hotel pudimos constatar lo que ya sabíamos, que el millón y medio de cerezos que amueblan los bancales de las laderas de las sierras se hallaban sin flor, con lo que nos perderíamos este espectáculo inédito y único de la naturaleza. Aún con la desnudez que mostraban las ramas y troncos rojizos de los cerezos el valle trasmitía una sensación de indómita belleza y sobresaliente majestuosidad. Las cumbres nevadas, el aire limpio y evocador, los robledales y castañares cubriendo las zonas altas y los bosques de galería escoltando los cursos de agua que se despeñaban ladera abajo a gran velocidad. Justo enfrente de nuestro hotel se dejaba admirar el gran salto del Manto de la Virgen.

Con el pronostico del tiempo que anunciaba agua para la mañana del sábado y los paraguas abiertos nos dispusimos a visitar el Centro de Interpretación de la Reserva Natural de la Garganta del Infierno, lugar donde se iba a desarrollar nuestra primera ruta. Aquí nos encontramos con el grupo de amigos senderistas de Manzanares “La Mesnera”. Por un momento meditamos la posibilidad de abortar la empresa que nos disponíamos a realizar, por la somanta de agua que en esos momentos caía sobre la reserva, pero el valor de un grupo entregado y animoso hizo que pronto tomásemos la senda que se adentraba en la Reserva Natural. Sin miedo a nada. Tengo que felicitar por ello a todos los aguerridos senderistas que con un empeño a prueba de bombas se enfrentaron contra los elementos a disfrutar de unas de las rutas más sobrecogedoras de nuestro país: La Garganta del Infierno.

Un paisaje cada vez más salvaje se iba abriendo a nuestro paso, bosques de robles camuflados con líquenes, rocas graníticas procedentes de la orogenia hercínica y que sufrieron los efectos renovadores de la orogenia alpina se nos presentaban tapizadas en su totalidad de musgos, helechos que presentaban un profundo color rojo otoñal y que daban como resultado un espléndido cuadro pictórico de colores y formas y sobre todo el agua; el agua que abría la banda sonora de esta ruta, siempre interpretando su gran opera en todo el recorrido. Un torrente de agua se precipitaba hacia el rió Jerte con una fuerza trasgresora donde ni siquiera las grandes moles de roca granítica podían frenar su empeño. Rugía el agua, bramaba la naturaleza, se oía el crepitar de la hojas que alfombraban el suelo, cantaba el aire y la lluvia arreciaba sobre nuestros chubasqueros multicolor. A pesar de ello o gracias a ello el grupo se mantenía unido y fiel a su idea de llegar a su destino alimentados por tanta energía proyectada, por tanta belleza reflejada, así la roca nos endurecía, el agua nos volvía obstinados, los árboles nos trasmitían su templaza y justicia y los brillos de musgos y líquenes nos susurraban los secretos de la vida.

A la hora de caminata y ya empapados llegamos al sitio de los Pilones, lugar donde la fuerza erosiva del agua en su desbocado y frenético viaje ha labrado unas enormes marmitas o pozas en la misma roca madre generando un postal inolvidable. Es este el lugar donde suelen venir todos los visitantes que acuden al Valle y desde aquí regresan al punto de partida, pero lo grandioso de esta ruta está más adelante, si continuas la estrecha senda que te lleva al puente de la Carrasca y al puente de Carlos V.

Un sendero que se abre paso entre la Garganta del Infierno por donde desciende toda el agua del deshielo y que recorren valles formados en la era de las glaciaciones y que acogían las nieves perpetuas de otras épocas. Lugar idóneo para la vida de la nutria, el desmán y la cabra montesa, para el buitre, el águila y el búho real, para la trucha, el tritón y la salamandra y para todo aquella persona honesta, como le oí decir al naturalista Joaquín Araujo, ya que dicha palabra significa y define a toda aquella persona que se conmueve y deleita viendo correr el agua. En la junta de las dos gargantas que forman la Garganta del Infierno, la garganta de los Tres Cerros y la garganta de las Yeguas y tras una tregua que nos brindó la lluvia nos dispusimos a almorzar aberronchándonos a la roca viva. Tras reponer fuerzas emprendimos la ascensión más dura que nos llevaría hasta el puente de la Carrasca, muy cerca del puerto de las Yeguas por donde pasó el emperador Carlos V en su retiro al Monasterio de Yuste en lo que hoy se conoce como la ruta de Carlos V de Tornavacas a Jarandilla de la Vera. En el wagneriano paraje del puente de la Carrasca alcanzamos el punto más alto de la ruta y desde aquí un vertiginoso y resbaladizo descenso provocó que más de uno diéramos con nuestro trasero en el suelo antes de alcanzar el medieval puente de Carlos V o puente Nuevo. En todo este tramo el grupo viajaba solitario tan solo vigilado por el vuelo del halcón y por la multitud de elfos que se escondían entre las ramas.

Desde este maravilloso puente emprendimos la última parte de este viaje que nos llevo entre castañares y terrazas de cerezos sin flor a la localidad de Jerte, donde dimos cuenta de un merecido almuerzo mientras la lluvia no dejaba de interpretar su aria. La jornada del domingo fue mas pausada aunque no menos intensa ya que hicimos un recorrido de unos diecisiete kilómetros siguiendo la cañada real que llevaba a los rebaños del norte a sus agostaderos de las dehesas extremeñas en tiempos de reconquistas y la trashumancias. Desde el puerto de Tornavacas que marca la linde entre Castilla y León y Extremadura tomamos el GR 10 pasando por los pueblos más importantes que conforman el mapa social del valle: Tornavacas, Jerte, Cabezuela del Valle y Navalconcejo, acompañando siempre por su margen izquierdo al brioso y cantarín río Jerte al cual íbamos viendo crecer a cada kilómetro al recoger el aporte de todas las gargantas de las dos sierras que vierten sus aguas al Jerte.

Una vez finalizada la ruta en la villa de Navalconcejo que celebraba las fiestas del Cerezo en Flor, regresamos a Almagro con el cuerpo y el alma fortalecidos y embellecidos.** Ver más Imágenes **