La galería Fúcares expone "El silencio de las sirenas” de Raquel Algaba

La galería Fúcares expone

De martes a sábado, la galería está abierta de 18:00 a 21:00 horas.

La artista Raquel Algaba expone “El silencio de las sirenas” en la galería Fúcares de Almagro. Presenta una selección de esculturas a través de las que muestra su universo visual y narrativo. La exposición estará en Almagro hasta el 5 de diciembre. La galería abre de martes a sábado en horario de tarde de 18:00 h a 21:00 horas.  

Reproducimos el artículo enviado por la Galería Fúcares sobre la obra expuesta y su autora escrito por Luis Francisco Pérez:

Ciertamente podemos situar estas esculturas que presenta Raquel Algaba –y soy consciente que la palabra “escultura” se nos queda más bien corta ante la complejidad tridimensional de lo creado (más adelante intentaremos desarrollar esta consideración)-, en una de las múltiples y complejas estrategias que el artificio de arte necesitó, a partir de la década de los sesenta y en torno a las derivas post duchampianas objetuales propias de la época, para pensarse, o “dignificarse” a sí mismo, menos como “cosa de arte” (y también, lógicamente) que estructura de lenguaje y pensamiento. Si optara por esta alternativa crítica y teórica no cometería ningún error de apreciación, pues lógicamente hay en este trabajo mucho de “astucia de lenguaje” (una forma otra de hablar del “concepto”, palabra o idea que cada vez me resulta menos atractiva de utilizar), pero en verdad pienso y creo que este plural Silencio de las Sirenas no es nada más (¡nada menos!) que un sofisticado discurso sobre la condición escultórica a partir de una refinada idea de la cualidad “clásica” de la escultura, o toda aquella creación que desde el presente queramos así definir.

A Raquel Algaba le gusta mucho la ópera, es decir todo lo que incorpora esta manifestación artística: canto y voz, teatro, música, escenografía… Genial locura creativa, en suma. Hay un personaje en El Sofista de Platón -El Extranjero, así llamado- que expresa interrogativamente lo siguiente: “¿Conoces tú, del juego, una forma más sabia o más graciosa que la mimética?”. Y en la obra de nuestra artista nociones como “juego”, “mímesis”, o “ilusionismo” (tan teatrales y operísticos, desde luego) son elementos importantísimos en la dimensión formal de su trabajo, pero lo son de una manera clásica (en su interpretación más radicalmente contemporánea) que me resulta muy sugerente. Ahora bien, la utilización que Raquel Algaba hace de la escultura y las instalaciones son, en esencia, estrategias alegóricas de lo que mentalmente desea que sucediera en una realidad paralela. Un “suceder” que paradójicamente es profundamente narrativo, y ello no le importa, siempre y cuando esa narración admita ser literalmente “asesinada” destruyendo las coordenadas propias de un orden narrativo basado en el tiempo, en el espacio o en el lugar. Y cuando ello sucede la obra de esta artista se transforma en una bellísima y terrible “aparición”: nos recuerda a algo que no existe.

Este Silencio de las Sirenas (es decir: el universo visual y narrativo que la autora nos ofrece) puede ser todo lo “estructuralista” que se quiera, naturalmente; todo lo analítico que deseemos, por supuesto; todo lo “topológico” que estemos dispuestos a asumir, eso también; todo lo perversamente “perceptivo” que asuma nuestra propia mirada, por descontado, al menos en su cualidad de “campo de presencia”, entendido este escenario a la manera de la filosofía de Merlau-Ponty: aquello que se extiende en dos dimensiones, la dimensión “aquí-allí”, y la dimensión “pasado-presente-futuro”.

Perfecto. Todo lo recién citado se encuentra, en mayor o menor medida y presencia (pero siempre con una plena afirmación de sus atributos) a partir de una cualidad y consideración “clásica” (en su mejor acepción) del objeto de arte. Esta cualidad clásica, y a su vez de una admirable potencia expresiva del más puro presente, es uno de los argumentos que más me han interesado y gustado de este último trabajo de Raquel Algaba. Es decir, la condición de “intemporalidad del presente” de unas obras que muy bien se expresan en un luminoso silencio de profundas lejanías y de obsesivas realidades del “aquí y ahora”.

Como si hubieran sido creadas, en su complejo y cuestionador “clasicismo”, con los inmortales mármoles y aceros de tiempos pretéritos. Podemos manifestar, igualmente, que están realizadas estas inquietantes presencias con una rara mezcla de materia y conciencia, de densidad constituyente y de ilusión referencial, de procesos reguladores de sentido y de elegante transgresión de formas y metáforas. Estas Sirenas nos ofrecen un silencio hermosamente cargado de imágenes y apariencias, pero estas nobles apariencias necesitan de nuestra condición humana, de nuestro mirar, para devolverles la voz y la sustancialidad que tanto desean. Y este compromiso participativo que la artista demanda al espectador yo lo calificaría como una suerte de elegancia ética, de belleza moral, de inteligencia creativa